No había una puta persona en todo el campo abarcado por mi vista, salvo yo y mi aparato de televisión a pilas de pésima calidad cuyas ondas electromagnéticas rebotaban por la desolada avenida como flechas de goma. Los grandes, sucios y rasgados abrigos que me cubrían no podían ocultar bajo ningún modo mi deteriorado aspecto, que hasta hace no mucho era el de un joven adepto al deporte y la vida sana. De haber pasado por allí un alma caritativa, de seguro me hubiera regalado un sánguche o un par de monedas para el bondi...créanme cuando les digo que el mal de amores perjudica más de lo que se cree.
El reloj televisivo marcaba ya las cinco y media, y Sergio Lapegué se despedía de su jornada laboral a través de la pantalla de TM (Todo Monetario, canal sintonizado en aquel momento). A partir de entonces, publicidad engañosa sobre productos milagrosos que borran las estrías en un abrir y cerrar de ojos invadió la señal. Era la hora de poner en marcha el macabro plan.
Desde que ella decidió tirarme en la calle (literalmente) se puso en plan de conseguir nueva pareja, naturalmente. La sutil diferencia con mi sucesor estuvo en el cambio de rubro: Pasó de "perdedor" a "periodista alcahuete e inútil crónico de canal de noticias pedorro". Es así como también salió un tiempo con Guillermo Bobo, pero lo dejó tirado como a mí al poco tiempo ya que no le agradaba en lo más mínimo que todo el canal y toda la audiencia se riera de su apellido. Mi suerte desde entonces ha caído en picada, mis únicos propósitos de existir luego de la separación pasaron a ser el embriagarme con alcohol barato y meterme en trifulcas con otros vagabundos de la zona.
Seis de la mañana era la hora. En cualquier momento iba a pasar ella junto con Sergio, en busca de algún café recién abierto para desayunar luego de la madrugada de trabajo. Lo sabía perfectamente, puesto que por un tiempo me dediqué a seguirle los pasos a Sergio apenas me enteré de su romance con ella a través de los tabloides baratos que abundan por la zona. Esta tarea no resulto muy difícil teniendo las instalaciones de TM a pocas cuadras de mi área de vagabundeo.
Seis y quince, por mi hombro izquierdo logré divisar una lejana pareja con rumbo hacia el norte, el cruce era oficialmente inevitable. A cada paso que daban sus rostros se iban esclareciendo como agua cristalina; eran ellos, ya no cabía duda. Sergio vestía cara de idiota y traje de marca, como acostumbran los periodistas de su calaña, en cambio ella ostentaba un tapado de piel felina acompañado con tacones de aguja y un rouge labial rojo que le marcaban de manera soez los gestos faciales, tornándose agrios estos últimos al verme.
(...Continuará)
