Los muebles cobrizos pasan al cepia, finalizando en negro. Blanco y negro. El apagado como contraste de lo vivo, de lo encendido, de lo que vale la pena. Los hombres de saco y corbata, entes fríos y reguladores que no tienen miedo de expulsar fuera de su círculo a quienes no comprenden las leyes del sistema y el mercado, como tal es mi caso.
Resbalo de mi asiento y caigo sobre la madera negra, la cirrosis me ha vencido finalmente. La clientela ni se inmutó; salvo por los hombres de saco y corbata, quienes comienzan su accionar. Los puedo ver claramente, con sus rostros duros e inexpresivos. Charlan sobre el futuro paradero de mi cadáver, mientras lo bambolean dentro de un cajón abierto.
Se hace tarde, y aunque ya estoy muerto, me canso de esperar. Nadie asiste al funeral salvo los hombres de traje y corbata, aunque se les hace tarde a ellos también. Finalmente deciden huir los muy hijos de puta, dejando al pobre pelado alcohólico muerto que resulta ser yo. Yo y nadie más que yo.
Maldigo el puto día en el que conocí al alcohol, maldigo a todas las grandes escorias humanas que me incitaron a iniciarme en el hábito, maldigo a la puta genética; que termina dejando calvo a un joven atractivo y melenudo como yo. Ojalá todos ardan en el infierno por dejar morir a este pobre pelado.

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