lunes, 15 de noviembre de 2010

Reina de lo onírico

Fue durante el verano, vacacionando en la costa atlántica. Recuerdo estar viajando en colectivo, apreciando a través de la ventanilla a mi izquierda el espectáculo que brindaba la lluvia al caer sobre el mar, eran alrededor de las ocho de la noche y al oscurecer empezaba a hacer un frío del demonio. Mi mejor amiga se encontraba un asiento detrás de mí, dibujando bocetos de rosas cual artista amateur inspirada que era, muy probablemente ignorando lo que estaba por venir, la magnitud y la importancia de la situación para mí.
Finalmente llegamos a la zona residencial en cuestión, bajamos del bólido y empezamos a caminar por la callecita de tierra. Ella se desplazaba junto a mí, sujetándose de mi brazo izquierdo mientras observaba las casas de estación en alquiler, tal vez fantaseando con alquilar alguna en un futuro lejano. A cada paso dado se me oprimía más el pecho, estaba totalmente consciente de mi futuro de matadero, cual prisionero a punto de ser sacrificado en altar público en pos de ofrendar la sangre a los dioses. Empecé a sentirme realmente enfermo, se me nubló la vista y tuve que parar a un costado del sendero para vomitar, por suerte mi amiga llevaba consigo pañuelos descartables para la ocasión, me los ofreció con gusto y luego ayudó a reincorporarme y seguir en camino. Realmente si no fuera por ella, no tendría sentido esta visita furtiva; muy pocas cosas tendrían sentido a decir verdad, no vale la pena engañarse a uno mismo.
A media hora de caminata no pudimos avanzar más, ya que la callecita de tierra se transformó en acantilado. La lluvia se tornó más potente y molesta, tiñéndose de un rojo oscuro al abrazarse con la superficie acuática, donde podían verse flotando miles de cadáveres de delfines, focas y peces varios de menor calibre. La furia de mil dioses se traducía en impactantes rayos eléctricos cargados sobre las embarcaciones pesqueras, fundiendo madera y vidas humanas también, dejando verdaderas bolas de fuego danzantes sobre la línea del horizonte.
Volví a vomitar. Esta vez no pude recupermarme tan fácilmente como la primera vez. Mi amiga volvió a ayudarme, esta vez se puso más seria ya que comprendió la gravedad de la situación, aún así sabía que no corría peligro, simplemente se limitó a reanimarme y susurrarme al oído: "Así estarías ahora mismo de no ser por mí".

1 comentario:

  1. Dear Javilito:
    ya te he dicho que me encanta este cuento, creo que.. es.. la dècima vez que lo vuelvo a leer, juro, no miento.
    Igual me gustan todos, recien leì: "Gracias" que habìa leido la 1era parte pero era tan largo que no lo habìa terminado, la cuestiòn es: no habìa leìdo el final y ahora sì, lo cual significa que me debes leche y galletas.
    adiosìn sìn sìn.`
    Te quiero, malenita.

    ResponderEliminar