viernes, 12 de febrero de 2010

Reflexiones

Y de la nada me encuentro recorriendo pasillos, oscuros pasillos, muy oscuros. Es una sensación hermosa, casi tan hermosa como andar en bicicleta un día frío, lluvioso y nublado. Casi.
La cuestión es que en esta travesía ciega entre muros, tengo compañía. Compañía gatuna para ser preciso. En el camino se me atreviezan decenas de gatos, del más variado color que puedo apreciar gracias a mi olfato hiper-sensible, ya que no los puedo ver debido a la escasez de luz reinante. De todos modos, cada intervalos de cinco segundos aproximadamente, abren los ojos dejando traslucir pequeños puntitos de colores en medio del absoluto negro. Esto es lo que transforma la experiencia en algo trascendental. La mirada de los felinos.
No es algo común de observar con intriga la vista de una mascota en los tiempos que corren, pero soy de los que piensan que dichos cuadrúpedos esconden algo. Algo terrible. Si no ocultaran nada, ¿Por qué se forman en posición defensiva cuando uno los mira fíjamente?, ¿Por qué se rehúsan tanto a ser acariciados cuando uno no es el dueño?, ¿Por qué tienen tanta facilidad para huir, contornearse y escalar posiciones tan altas?, ¿Por qué?. Son esas dudas existenciales que no me dejan dormir.
De momento lo único en lo que puedo pensar es en evitar pisarlos en medio de la nada, ya que me atacarían en masa y sucumbiría ante un tsunami de garras y colmillos.

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